Ángeles, apóstatas y diáconos
Si el lector (como el autor) vivió su infancia en un entorno católico, lo más seguro es que reconozca varias de las siguientes palabras: anatema, ángel, apóstata, apóstol, bautismo, carisma, clero, diácono, iglesia, mártir, obispo, presbítero, profeta. Todas ellas tienen su origen en el griego antiguo. No ha de sorprendernos puesto que era la lengua culta del Imperio Romano, donde convivía cotidianamente con el latín. La élite intelectual romana solía ser bilingüe y famosos escritores de la época como Plotino, Plutarco, Apiano, o inclusive el emperador Marco Aurelio escribieron sus obras en griego sabiendo que no tendrían problema encontrando lectores. Era una situación similar a la manera como en Europa medieval el latín servía de lengua franca entre los intelectuales, o inclusive a la manera como hoy en día una parte significativa de la población mundial habla inglés y participa de la cultura popular norteamericana. A este prestigio cultural se suma un hecho decisivo: el griego es la lengua en la que fue escrita la mayor parte del Nuevo Testamento, por lo cual ha dejado una marca indeleble en la cultura cristiana. Por estas razones, una gran parte del vocabulario en español tiene raíces griegas. Los lingüistas consideran que entre el veinte y el treinta por ciento.
Para hacernos una idea de esta influencia analicemos las palabras mencionadas al principio:
El término anatema (ἀνάθεμα) está compuesto por las raíces griegas ana (sobre, hacia arriba) y thema (lo que se coloca, asunto, tema). Originalmente se refería a las ofrendas que los antiguos griegos hacían a sus múltiples divinidades. Como los cristianos eran hostiles a otras creencias, la palabra cambia su significado con la ascendencia de la nueva religión monoteísta y comienza a significar algo así como maldito. De ahí cambia otra vez para convertirse en un término para el castigo destinado a los enemigos del cristianismo que al parecer de la iglesia merecen ser excluidos y condenados eternamente. En otras palabras, es un sinónimo de excomunión. Aunque con raíces griegas en vez de latinas.
La palabra ángel viene del griego ángelos (ἄγγελος) que significa mensajero. Comparte la misma raíz con evangelio (εὐαγγέλιον), que significa buen mensaje o buena noticia y que los cristianos usan para referirse a los relatos escritos sobre la vida de Jesús. En latín ángelos se convirtió en ángelus y de ahí viene la versión en español ángel que significa mensajero o ayudante de Dios.
“Aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres. A la hora de levantarse por la mañana, todo era cuerpos de muertos.”
(La Biblia, R 19:35)
Apóstata (de ἀποστάτης) está compuesto por las raíces apo (aparte, afuera) y stasis (estar de pie, posición). Es decir: que se para aparte. En la época cristiana consolidó su significado actual: alguien que ha renegado de la fe. En la época medieval la apostasía era considerada un crimen grave y podía ser castigado con tortura o inclusive pena de muerte.
Apóstol (de ἀπόστολος) empieza con la misma raíz apo y termina con la raíz stellein (enviar). Significa literalmente: enviado o representante. De ahí que en la teología cristiana haga referencia a uno de los discípulos que Jesús envió al mundo con la misión de predicar el evangelio. La misma raíz stellein se puede ver en la palabra epístola que significa carta.
“Para esto yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles en fe y verdad. Digo la verdad en Cristo, no miento.”
(La Biblia, Ti 2:7)
Bautismo viene del verbo baptízein (βαπτίζειν), que significa sumergir, hundir o empapar. En el contexto cristiano se refiere al rito, considerado un sacramento por los católicos, en el cual los fieles son rociados o sumergidos en agua para simbolizar la purificación de los pecados y la iniciación en la fe.
Carisma (χάρισμα) viene del verbo charízesthai (χαρίζεσθαι) que significa agradar o hacer un favor. Comparte la raíz con la palabra eucaristía, cuyo significado literal es acción de gracias y que en un contexto católico se refiere al momento central de la misa cuando los asistentes consumen pan y vino en representación de la sangre y el cuerpo de Cristo.
La palabra clero experimentó varias transformaciones. Originalmente kleros (κλῆρος) se refería a un pequeño pedazo de cerámica, u otro material, que se utilizaba para realizar sorteos. Con este sentido es utilizado en la Ilíada por Homero. Más adelante pasó a significar la porción de un bien o una tierra asignada a un individuo. En latín, el vocablo se vuelve clerus y en el contexto cristiano empieza a referirse a la posesión de una tierra y su renta por parte de la iglesia. Con el tiempo el significado cambia ligeramente para referirse a un cargo en la jerarquía religiosa que da derecho a algún beneficio en particular. Finalmente, en la Edad Media tardía la palabra obtiene su significado actual: la colectividad de la clase sacerdotal en la Iglesia católica. Está relacionada con las palabras clérigo y clerical.
Diácono viene de diákonos (διάκονος), la palabra griega para asistente, servidor o ayudante. En ese sentido, por ejemplo, es usada por Heródoto en sus Historias. En latín la palabra es adoptada como diaconus y adquiere el significado actual más limitado de ayudante eclesiástico inferior en rango a un sacerdote.
Iglesia viene del vocablo latín ecclesia que a su vez proviene del griego ekklēsía (ἐκκλησία). Este último significa asamblea y era el término que se usaba en Atenas en la época clásica para referirse a la asamblea de ciudadanos. En la Septuaginta, la traducción más antigua de la Biblia Hebrea al griego, la palabra es usada para referirse a una congregación de carácter local y específico. En el griego común (koiné) del Nuevo Testamento, especialmente en las epístolas paulinas, la palabra a veces es utilizada con un significado más universal, refiriéndose a la totalidad del pueblo de Dios. Este es el sentido que conserva en el español moderno donde también se refiere al templo donde se celebra la liturgia.
“Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no la dominarán.”
(La Biblia, Mt 16:18)
Mártir viene del latín martyr que a su vez viene del griego mártys (μάρτυς). Su significado original es testigo. Cuando los primeros cristianos comenzaron a venerar a aquellas personas que morían en defensa de la religión, se referían a ellas como mártires ya que se suponía que su sufrimiento era un testimonio de su inquebrantable fe. De ahí la palabra martirio que al principio se usaba para describir específicamente los sufrimientos de los mártires, pero que con el tiempo empezó a referirse a cualquier dolor o sufrimiento mental intenso.
Obispo viene del griego epískopos (ἐπίσκοπος) compuesto por las raíces epi (arriba) y scopus (observador). Significa supervisor o inspector y nos dejó el adjetivo episcopal y el sustantivo episcopado. Obispo viene de la pronunciación en latín vulgar de episcopus que en latín tardío hacía referencia, al igual que hoy, a un miembro del clero con una posición alta en la jerarquía eclesiástica.
Presbítero designa a un clérigo de rango intermedio en la jerarquía católica entre diácono y obispo. Viene del griego presbýteros (πρεσβύτερος) que significa literalmente el más anciano.
Profeta viene del griego prophētēs (προφήτης) que significa algo así como: el que habla antes o el que habla en lugar de otro. Ambos sentidos están presentes en la Biblia donde los profetas a veces actúan como mensajeros de Dios y otras veces predicen eventos futuros. La raíz pro es común tanto en el griego como en el español. Significa antes, delante de o en lugar de. Prólogo, promover, progenitor o pronombre son algunos ejemplos de vocablos que utilizan la misma raíz.
“el Señor les dijo: Escuchad esto que voy a deciros: Cuando entre vosotros haya un profeta mío, yo me comunicaré con él en visiones y le hablaré en sueños;”
(La Biblia, Nm 12:6)
Así pues, la próxima vez que el lector imagine a un obispo de extraordinario carisma persuadiendo al clero, desde los diáconos hasta los presbíteros, de que declare anatema la doctrina de un influyente apóstata autodeclarado profeta; estará haciéndole eco a la tradición helenística con sus palabras. Esperemos que no haya sido un martirio recordarlo.